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Centre Court

Su majestuosa y señorial edificación, su imperial diseño arquitectónico y la peculiar cromática de su superficie resultan inconfundibles. Pocos titubean a la hora de atestiguar que la Centre Court es una de las construcciones deportivas más representativas del Reino Unido y una de las más emblemáticas a nivel mundial.

A diferencia del resto de Grand Slams (Philippe Chatrier, Rod Laver y Arthur Ashe), la denominación de la pista central de Wimbledon no homenajea a una figura histórica y  nunca fue rebautizada para reverenciar u honrar a ningún ex jugador.  El calificativo de Centre Court responde únicamente al hecho de que, en 1881, cuando se decidió construir una pista central en el genuino All England Croquet Club’s se emplearon las dos canchas ubicadas en la parte central del club. Y esa misma denominación se mantuvo tras el traslado efectuado al actual All England Lawn Tennis and Croquet Club (AELTC) en Church Road. La sensación imperante, tanto en “The Club” como en la órbita del tenis británico es que el nombre de Center Court es una loa a sus orígenes y su espíritu de pureza. Y que cualquier cambio en la nomenclatura supondría una mancilla para tan solemne pista.

Ese clima de misticismo que se respira en la Catedral del tenis es fruto del cumplimiento de numerosas y peculiares tradiciones que se han perpetuado con el paso de las décadas. Seis semanas antes del primer lunes de agosto la Center Court abre sus puertas a los jugadores para volver a cerrarlas a los 15 días. El primero en pisar su inmaculado verde es el vigente campeón de Wimbledon que ataviarse (como todos los participantes en el torneo) de un blanco inmaculado. En esta pista los jugadores ATP no son “man”, son “gentleman” y las jugadoras WTA dejan de ser “woman” para convertirse en “ladies”.

Para ciertos sectores la liturgia sagrada de la Centre Court resulta añeja. Para la gran mayoría de amantes del tenis el parón del Middle Sunday, la solemnidad con la que los jueces tratan a los jugadores, la salida de pista simultánea de ambos contendientes tras el partido o las fresas con nata son un compendio de tradiciones que deben ser imperecederas para  mantener viva la espiritualidad empírea del torneo londinense. Tan sólo la celebración de los Juegos Olímpicos en 2012 supuso un pequeño parón en la inquebrantable disciplina con la que se vive el tenis en la Centre Court.

El sexto día del mes de julio de 2008 la historia del tenis vivió en este recinto uno de sus episodios más épicos y memorables. Los espectadores que poblaban las gradas asistieron anonadados y estupefactos a un espectáculo sin precedentes entre Roger Federer y Rafa Nadal. Las interrupciones por la lluvia, los contumaces peloteos y la obstinación de ambos por alzarse con el ansiado cetro hicieron que pronto quedaran en el olvido las 4 horas y 16 minutos que emplearon para resolver su final Connors y McEnroe en 1982.  Tras casi siete horas virtuales y 288 minutos sobre el verde, Roger Federer impactó un drive contra la red y se desprendió su toga imperial para cedérsela a su rival por antonomasia. Nadal  había conquistado su sueño catedralicio: ya podía cubrirse con el hábito de los vencedores para ingresar al fin en el priorato de las leyendas consagradas de la Centre Court.

Un año después de ese memorable duelo se instaló el único elemento que  le faltaba a la pista central de Wimbledon para culminar la magnificencia de su efigie: la instalación del techo retráctil. A pesar de los elevados costes económicos, la cubierta del estadio londinense ha permitido al espectador disfrutar del tenis a pesar de las inclemencias meteorológicas en las últimas cuatro ediciones.

Los cuatro últimos tenistas que han esculpido sus nombres en el registro de vencedores de la Centre Court conforman uno de los mejores cuartetos de la historia del tenis mundial. Sin embargo, la victoria cosechada en 2013 por Andy Murray constituyó uno de los pasajes más alegóricos y simbólicos de cuantos se hayan escrito en los anuarios de Wimbledon. La perene e interminable espera que había mantenido en vilo a los británicos tres cuartos de siglo  tocó a su fin con la victoria del oriundo de Dumblane sobre Novak Djokovic. Durante incontables ocasiones Tim Henman intentó devolver el orgullo patrio a la Catedral del tenis pero el aplastante dominio de Sampras y Federer en las últimas dos décadas (14 triunfos entre ambos) imposibilitó ademanes sorpresivos en territorio londinense. En ese lapso temporal de 77 años entre Fred Perry y Andy Murray han sido innumerables jugadores los que han dejado su sello y su impronta personal en esta pista: Becker ganó el título individual con 17 años, Hingis conquistó el dobles con 15 e Isner y Mahut jugaron el partido más largo de la historia (70-68 en el quinto set tras 11 horas y 5 minutos).

El caso más súbito e inesperado fue el de Goran Ivanisevic, que ganó Wimbledon tras recibir una Wild Card por parte de la organización (ocupaba el puesto 125 del ranking). Tras batir a Rafter en la final ofreció uno de los testimonios que mejor describen lo que supone salir victorioso de la Catedral del tenis: “No me importa si no vuelvo a ganar ningún partido nunca. Cualquier cosa que haga en mi vida o a cualquier lugar que vaya, siempre seré un Campeón de Wimbledon”.

Desde 1884 tan solo 65 hombres y 46 mujeres han sido capaces de conquistar el sueño de cualquier tenista. Levantar los brazos al cielo, postrarse sobre la hierba, mirar a la grada de la Centre Court y decirse a sí mismo: “Soy campeón de Wimbledon”.

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